Mártires de la Cruzada
josemanuel 28-10-2007 GTM 2 @ 00:09 Tags: julian casanova iglesia franco martires cruzada.
Julián Casanova. La Iglesia de Franco. Editorial Crítica.
Epílogo
A la Iglesia católica española le gusta recordar lo mucho que perdió y sufrió durante la guerra civil. Y motivos no le faltan. Porque el castigo a que fue sometida resultó, en verdad, de dimensiones ingentes, devastador. Quemar una iglesia o matar un eclesiástico es lo primero que se hizo en muchos pueblos y ciudades donde la derrota de la sublevación mlitar de 1936 desencadenó una explosión revolucionaria súbita y destructora. Casi 7.000 eclesiásticos, del clero secular y regular, fueron asesinados; una buena parte de las iglesias, ermitas y santuarios fueron incendiados o sufrieron saqueos y profanaciones, con sus objetos de arte y cultos destruidos total o parcialmente. Tampoco se libraron de la acción anticlerical los cementerios y lugares de enterramiento, donde abundaron la profanación de tumbas de sacerdotes y la exhumación de restos óseos de frailes y monjas. "Era el odio satánico de los sin Dios contra la Ciudad de Dios", concluía Enrique Pla y Deniel, obispo de Salamanca, en mayo de 1939, en su pastoral de celebración del "triunfo de la Ciudad de Dios y de la Resurección de España".
Los arrebatos contra el clero y las cosas sagradas fueron especialmente intensos en Cataluña, el País Valenciano y las comarcas orientales de Aragón, aunque tampoco se quedaron a la zaga en las provincias de Toledo, Ciudad Real, Cuenca Málaga o Jaén. Salvo en el País Vasco, donde la violencia anticlerical fue mucho menor, llevar una sotana se convirtió en símbolo de una implacable persecución en toda la zona republicana. "Acción directa" pura y dura. Eso es lo que se le aplicó al clero, al que se asesinó sin necesidad de juicios o tribunales. Lo normal es que se le "paseara" durante el verano de 1936, remitiendo la ira anticlerical y las matanzas a partir del otoño de ese mismo año.
Toda esa violencia anticlerical que se desató desde el primer momento donde la sublevación militar fracasó corrió paralela al fervor y entusiasmo, tambien asesino, que mostraron los clérigos allá donde triunfó. A la política de exterminio que los militares sublevados inauguraron aquel 18 de julio de 1936 se adhirieron con ardor guerrero sectores conservadores, terratenientes, burgueses, propietarios, "hombres de bien" y católicos piadosos, de misa diaria, que se distanciaron definitivamente de la defensa de su orden mediante la ley. La mayoría del clero, con los obispos a la cabeza, no solo silenció esa ola de terror, sino que la aprobó e incluso colaboró "en cuerpo y alma" en las tareas de limpieza. Era la justicia de Dios, implacable y necesaria, que derramaba abundantemente la sangre de los "sin Dios" para lograr la supervivencia de la Iglesia, el mantenimiento del orden tradicional y la "unidad de la Patria".
La entrada de lo sagrado y de la religión en escena puso en marcha además un ritual litúrgico, efectista y barroco, de religiosidad y patriotismo, que acompañó el transcurrir de la guerra en la España católica. El éxito de esa movilización religiosa, de esa liturgia que creaba adhesiones de las masas en las diócesis de la España "liberada", animó a los militares a adornar sus discursos con referencias a Dios y a la religión, ausentes en las proclamas del golpe militar y en las declaraciones de los días posteriores. Les convenció de lo importante que era esa vinculación emocional, además de destruir al enemigo. La simbiosis entre la "Religión y el Patriotismo", las "virtudes de la Raza", reforzaba la unidad nacional y daba legitimidad al genocidio que habían emprendido en aquel verano de 1936. [...]
[...] Acabada la guerra, los vencedores ajustaron cuentas con los vencidos, recordándoles durante décadas los efectos devastadores de la matanza del clero y de destrucción de lo sagrado. Las iglesias y la geografía española se llenaron de memoria de los vencedores, de placas conmemorativas de los "caídos por Dios y por la Patria", mientras se pasaba un tupido velo por la limpieza que en nombre de ese mismo Dios habían emprendido y seguían llevado a cabo gentes piadosas y de bien. [...]
[...]Obispos y sacerdotes celebraron durante mucho tiempo en catedrales e iglesias actos religiosos y ceremonias fúnebres en memoria de los mártires. Bajo aquellos "días luminosos" de la paz de Franco, sus restos fueron exhumados y trasladados en cortejos que recorrían con gran solemnidad numerosos pueblos y ciudades, desde los cemeterios y los lugares de martirio a las capillas e iglesias elegidas para el descanso eterno de sus restos. [...]
[...] La Iglesia católica española quiso, no obstante, perpetuar la memoria de sus mártires con algo más que ceremonias fúnebres y monumentos. Ya en noviembre de 1937, los arzobispos metropolitanos reunidos en la abadía cisterciense de San Isidro de Dueñas (Palencia), bajo la presidencia del cardenal Isidro Gomá, acordaron "publicar en su día un nomenclátor de todos los sacerdotes y religiosos, con las notas más destacadas de su heroísmo y su martirio". El camino hasta la beatificación reclamado por la Iglesia y por los dirigentes franquistas no fue, sin embargo, tan rápido. Pio XII se opuso a una canonización indiscriminada y masiva de miles de "caídos por Dios y por España" y una actitud similar adoptaron sus sucesores Juan XXIII y Pablo VI, quien ordenó incluso la paralización de los procesos que desde el final de la guerra estaban llegando al Vaticano.
Las cosas cambiaron con Juan Pablo II. En marzo de 1982 comunicó a los obispos de la provincia eclesiástica de Toledo que iba a impulsar la beatificación de los mártires de la persecución religiosa en España. [...]
[...] Nada ni nadie le impide a la Iglesia católica española recordar y honrar a sus mártires. Siempre lo ha hecho y es muy probable que siga haciéndolo. Pero al abrir y reabrir procesos de beatificación de mártires de aquella "Cruzada", va mucho más allá. Convierte en heroico y glorioso un pasado que nada de eso tuvo. Ya se lo decía el nacionalista vasco Manuel de Irujo, ministro de Justicia del Gobierno de la República, al cardenal Vidal y Barraquer en una carta firmada el 23 de Mayo de 1938: "Tenga presente que en las dos zonas se han hecho mártires, que la sangre de los mártires, en religión como en política, es siempre fecunda; que la Iglesia, sea por lo que fuere, figurará como mártir en la zona republicana y formando en el piquete de ejecución en la zona franquista". Amigos y defensores de los asesinos en un bando y mártires en el otro. Esa fue la doble faz del clero español durante la guerra civil.
Por muchos mártires que beatifique, la Iglesia nunca va a poder quitarse de encima su implicación "en cuerpo y alma" en la operación de exterminio de "malvados marxistas y de la "canalla roja" que los militares rebeldes y la "gente de orden" pusieron en marcha desde el 18 de julio de 1936 y continuaron durante años y años bajo la paz "duradera y consoladora" de Franco. [...]
[...] La complicidad del clero con ese terror militar y fascista fue absoluta y no necesitó del anticlericarismo para manifestarse. Desde Gomá al cura que vivía en Zaragoza, Salamanca o Granada, todos conocían la masacre, oían los disparos, veían como se llevaban a la gente, les llegaban familiares de los presos o desaparecidos, desesperados, pidiendo ayuda y clemencia. La actitud más frecuente del clero ante esos hechos fue el silencio, voluntario o impuesto por los superiores, cuando no la acusación o la delación. [...]
[...] Sobre las ruinas de los vencidos y los beneficios que le otorgó la victoria en la guerra y en la paz fundó el franquismo su hegemonía y erigieron Franco y los vencedores su particular cortijo. Y ahí estuvieron la iglesia y los católicos, en primera linea, para seguir proporcionando el cuerpo doctrinal y legitimador a la represión, para ayudar a la gente a llevar mejor las penas, para controlar y monopolizar la educación, para mantener a raya a todos esos rojos y ateos que se habían atrevido a desafiar el orden social y a abandonar la religión. [...]
[...] La Iglesia y el Caudillo caminaron asidos de la mano durante casi cuatro décadas. El catolicismo español salió triunfante de ese intercambio de favores que mantuvo con un régimen asesino, levantado sobre las cenizas de la República y la venganza sobre los vencidos. Murió el caudillo, desapareció la dictadura y la nueva democracia le dió a la iglesia un exquisito trato. La Iglesia de la Cruzada, la de Franco, la de la venganza, apeló a valores religiosos tradicionales, primitivos, e intento recatolizar España, su España, con los mètodos más represivos y violentos que ha conocido nuestra historia contemporanea. Puede seguir la Iglesia beatificando a sus "mártires de la Cruzada". Las voces del pasado siempre le recordarán que, además de mártir, fue tambien verdugo. La Iglesia católica española pasó ya factura a los rojos y vencidos y consumó una larga y cruel venganza. Nada de ejemplar hay para ella en ese pasado. Aunque siempre le quedan sus mártires.


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Don Josemanuel, me he permitido la licencia de enlazarle en mi blog, dado que coincido notablemente con los contenidos de su artículo.
Espero que no le moleste. Un saludo.
Hola fernando mh :) enlaza que yo voy "rezando" para que ni a Editorial Crítica ni a Julián Casanova les moleste que haya "fusilado" el texto del libro :)
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