Vida y burocracia
josemanuel 26-09-2006 GTM 1 @ 20:48 Tags: burocracia vida inmigración santurce santurtzi
Mari emigró de Castilla a Euskadi acompañando a Clemente, su marido. Y "arrastraron" con ellos a sus tres hijos. El hijo mayor tenía tres años. Corría el año 69 del siglo pasado.
Se establecieron en un pueblo de gentes hospitalarias de Vizcaya, Santurtzi, pueblo de la margen izquierda acostumbrado a acoger a todo aquel que fuese a trabajar. A Vizcaya le hacían falta manos para continuar desarrollándose, y a esas manos le hacían falta trabajo y una ilusión de poder prosperar.
Clemente trabajaba en la construcción, de albañil, y Mari cuidaba de la casa y de los hijos. Tres hijos, el mayor de tres años cuando llegaron a Santurtzi.
Las cosas no fueron sencillas, pero la ilusión y las ganas de luchar salvavan los obstáculos.
Hasta que el obstáculo pareció hacerse insalvable.
Un crack en el sector de la construcción en el año 78 dejó a Clemente sin trabajo, y sin posibilidad de obtenerlo en otro sector. O eso al menos creía él.
Clemente era el secretario general de Santurtzi de un sindicato, el Sindicato Unitario. Un sindicato que llegó a tener casi seiscientos afiliados en Santurtzi. Todo un logro. Eran tiempos de esperanza y de posicionarse frente a los empresarios, remisos a soltar los privilegios que el franquismo les había concedido.
En la lonja dónde desarrollaba las actividades el sindicato habían colocado un mostrador dónde servían bebidas a los afiliados y no afiliados que se acercaban por allí. Clemente llegó a un acuerdo con el sindicato para poder gestionar ese "bar". Cualquier ayuda era buena en esos momentos.
Al poco tiempo el local cambió de ubicación. Se acondicionó una nueva lonja y se hizo un despacho para el sindicato y un bar. Sesenta y cinco metros cuadrados en total. Mari tuvo que ponerse a servir vinos porque la construcción volvió a dar trabajo. Muy temporal, pero trabajo al fín y al cabo. El sindicato desapareció por motivos que desconozco, pero el bar siguió funcionando.
Mari se sacó una licencia fiscal y comenzó su andadura de empresaria. De las empresarias con un único trabajador en la empresa. Ella misma. Creyó formalizar todos los aspectos burocráticos, y sólo se preocupaba de que los ingresos fueran mayores que los gastos. Sin que mermara la calidad de lo que ofrecía, claro.
Hasta aquí todo lo que te cuento lo hago de memoria. La memoria de aquel chaval de tres años que "acompañó" a sus padres en busca de una vida mejor.
Clemente y Mari están satisfechos. Sus hijos también. Sentimos mucho cariño por Vizcaya, porque Vizcaya nos ha tratado bien. O, por lo menos, muy dignamente. Como a casi todos los que pusimos esfuerzos por conseguir sueños. Sueños modestos, pero suficientemente gratificantes.
Clemente se jubiló hace ahora dos años. A Mari le faltaba muy poco también para jubilarse. En su rincón de hace más de treinta años. En su bar. Dónde ha dejado casi la mitad de su vida para sacar una familia adelante. Y digo le faltaba, porque Mari ahora tiene su bar cerrado. Por orden del Ayuntamiento de Santurtzi. O de la Diputación de Vizcaya. Yo que sé.
Una vecina recién llegada a la comunidad de vecinos, apoyada por otra con quien las relaciones no eran precisamente amigables, pusieron una denuncia en el Ayuntamiento por ruidos y olores. No es por sacar la cara a Mari y Clemente -si hace falta la saco ¿eh?- pero los olores eran a comida -y sólo dos días a la semana- y los ruidos eran mínimos porque el bar abría al mediodía y cerraba a las diez de la noche. Excepto dos días a la semana que abría a las siete de la mañana. Sin música, con clientes mayores y respetuosos. Sólo un viejo televisor que no estaba para mucho volumen.
Vino una inspección del Ayuntamiento y pidieron la licencia de apertura del bar. Mari no la encontraba y acudió a la asesoría que lleva todos sus papeles y dónde, supuestamente, debía estar la licencia. Allí tampoco estaba. Lo resumiré todo diciendo que una licencia que en el año 1987 le costó a Mari y Clemente 26.000 pesetas (unos 156€) no figura en ningún lugar.
Orden de cierre del establecimiento por carecer de licencia. Aún pudiendo demostrar que llevaba todos esos años pagando impuestos municipales, forales, autonómicos, estatales, supranacionales y uno nuevo que sacaron hace tres años que es el impuesto cósmico. Como empresaria de un humilde negocio de hostelería. Es igual.
Para solicitar la licencia, el establecimiento debe cumplir la normativa. Dobles puertas, insonorización, salidas de humos -por la chimenea interior no, porque una de las denunciantes reformó su cocina y anuló la chimenea- servicios para minusválidos... etc. etc.
Sin problema. Mari y Clemente se encuentran con un imprevisto a poco de su jubilación, pero están acostumbrados a luchar. Y piensan hacerlo.
Proyecto a un arquitecto, contacto con un contratista y permiso de obras al Ayuntamiento. Y pico mil euros. Más la reforma. Otros tropecientos mil euros. De los ahorros de Mari y Clemente. De los ahorros para su jubilación.
El permiso de obras se solicitó en junio de 2005. En Mayo de 2006 se convocó a Mari en el Ayuntamiento porque algo del proyecto que hizo el arquitecto no estaba en regla con la normativa. Se corrigió. En junio de este mismo año vuelven a llamar desde el Ayuntamiento volviendo a solicitar aclaraciones sobre aspectos del proyecto. Esta vez acompaño a Clemente para ver si yo podía hacer algo. En vano. Un técnico nos despachó diciendo que él tranquilamente podía hacer ese requerimiento por trámite habitual y que se demoraría aún más el tema. El técnico nos planteó más dudas sobre el proyecto de reforma. Como si no hubieran podido hacerlo todo de una vez. Deben estar demasiado ocupados. Tomó nota y dijo que todo seguiría su cauce. Le dimos las gracias y nos marchamos.
Hasta hoy.
Han pasado quince meses desde la solicitud del permiso de obra.
Con el bar cerrado.
Quince meses.
Dos años le quedaban a Mari para jubilarse con toda su pensión. Una miseria, que es lo que pagan a los pensionistas que vienen del régimen de autónomos. Y mientras espera la puta licencia, sigue pagando sus impuestos. Sacando de los ahorros de Mari y Clemente. Los ahorros de su jubilación. Los ahorros de más de treinta años luchando desde detrás de la barra de un bar. Una miseria.
Clemente no sale de casa por la mañanas. Prefiere esperar. Por si suena el teléfono, dice, y son los del Ayuntamiento. Así gasta menos. Dice.
Mari sigue esperando. Con una sonrisa de oreja a oreja para todo el mundo. Está acostumbrada a luchar, y el tiempo la ha enseñado que "siempre que ha llovido, luego ha escampado hijo".
Quince meses.
Una puta licencia de obra, chupatintas, una puta licencia de obra.
Foto: popsique


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